Las ventanas

Las ventanas

Las ventanas

 

Allá lejos pasa caminando el viejo Pepe. Como todos los días y siempre más o menos a la misma hora. A media mañana. Me avisan las perras. A las diez y veinticinco. Se dirige a la despensa para encargar el almuerzo. En rigor, a la única despensa que hay en la zona, la que yendo para el Cerro Leones, está antes del viñedo.
Por el tranco hoy debe estar demorado. Lo acompañan fielmente sus cuatro perros, tan desparejos como él. No conozco demasiado de su vida. Sé que vive solo. En más de una ocasión me ha dicho que cobra algo más que la jubilación mínima. Y que a él no le importan ni el gobierno anterior ni el presente, que todos los políticos son falsos y ladrones y que él siempre tuvo que trabajar y por poco.
Cuando hablamos, su dicción y una voz gastada dificultan entenderlo. Tanto que, a veces, disimulo una respuesta con una sonrisa y en ciertas ocasiones le respondo con una cautelosa aprobación.
En algún tiempo más, él dejará de pasar o yo ya no estaré detrás del ventanal de la cocina.
¿Por qué aún no hemos sido capaces, como sociedad, de hacer de este rincón del mundo, un lugar en donde un hombre pueda envejecer con dignidad?

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