El escapista

El escapista

 

Mi infancia no pertenece a la edad de plástico. Los objetos cotidianos eran de materiales con textura y aroma propios. De vidrio o de cartón o de metal. De madera, cuero, algodón, papel.
La calle, de tierra.
Esta mañana descubro que la puerta de la casa está cerrada sin llave ni pasador. Tengo cuatro años, entonces aprovecho el descuido para salir sin otro motivo que el de correr por esa calle hacia la avenida, subiendo y bajando por los terraplenes que han quedado de la última lluvia. Mi madre sale a perseguirme y en la esquina se ha incorporado Don Isaac, el marido de Doña Ester, la almacenera. Aquél que no podía dejar de refugiarse debajo de la cama de su habitación cada vez que sonaba la sirena del cuartel de bomberos. Insoportables recuerdos de la guerra en su país natal.
Como otras veces, hoy también me han alcanzado. Sospecho que yo emprendía esas corridas sabiendo siempre cuál iba a ser el desenlace. Nunca llegué a la avenida. Y los retos y reprimendas jamás empequeñecieron la enorme alegría del escape. Y los años que han pasado tampoco.
Porque el rostro más cruel y despiadado de la muerte es sin dudas, el olvido.

2 thoughts on “El escapista

  1. Recuerdo esa anécdota relatada por nuestra madre y el juego que mostrás en la foto: cuántas horas pasábamos construyendo enormes casas!!! Me acuerdo de doña Ester, cómo envolvía con papel y de una manera muy especial los caramelos que comprábamos. Remembranzas de una infancia que a veces siento muy lejana y otras, como si hubiese sido ayer.

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