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Tendrán que disculparme pero no puedo precisar con exactitud el año en el que esta historia tuvo lugar. Comprendo que no es lo mejor. Sin embargo puedo asegurar que podemos ubicarnos a principios de la década de los 60. Y en una escuela pública ubicada en uno de los bordes de la entonces Capital Federal. La escuela Gral. Manuel Nicolás Savio, allá sobre la calle San Pedrito en el barrio de Flores Sud.
Y en ese pequeño ámbito del Bajo Flores, la conformación del alumnado reflejaba con naturalidad la gran diversidad de orígenes. Además de Rosales o Delgado, en la lista figuraban otros apellidos como Tomisaki o Saharian. No era una época en la que se hablara de integración. No era necesario. Se vivía. En los cumpleaños por ejemplo, conocíamos otras casas muy diferentes a las propias, aprendíamos otras costumbres y los otros nombres con que llamaban a los abuelos.
Seguramente por eso, un buen día y ya comenzado el ciclo lectivo, apareció Coco; Coquito como lo llamábamos. Mucho más corpulento que el resto, rapado, la diferencia era notoria. Aunque sin demasiadas precisiones, sabíamos que su estadía iba a ser temporaria. Estaba de paso, según parece a raíz de una mudanza con el destino final de alguna provincia. Y las escuelas especiales eran escasas por aquel entonces.
Casi no hablaba. Y salvo en las horas de educación física, jugando al balón, su presencia era por demás silenciosa. Miraba atentamente las explicaciones del maestro pero su participación se limitaba a hojear las páginas de un cuaderno vacío. Y en los momentos libres comía secantes usados. Los primeros los había obtenido sin permiso, del pupitre de algún compañero. Los siguientes, cuando todos ya habíamos descubierto esa particular sonrisa ulterior que esgrimía orgulloso, eran ofrecidos voluntariamente.
Una tarde lo vi pasar, desde el pasillo, por el frente de mi casa. Esperé unos minutos y lo seguí sin saber bien por qué. En la esquina de Crisóstomo Álvarez y Varela dobló por la avenida en dirección al cementerio. Enfrente, había (hay) una plaza con juegos. Es una plaza diferente para Buenos Aires. Está rodeada por un cerco perimetral de casi un metro de altura, más o menos. Para acceder a ella hay escalinatas de cinco peldaños. Coquito subió a la plaza como todos lo hacíamos en esa época (en la que no existían las rejas que hoy lo impiden), trepando y haciendo unos pasos por el cerco, para luego dirigirse hacia las hamacas sin respetar los senderos.
Coquito se acomodó en una de las hamacas, de espaldas a mi ubicación. Yo me encontraba sentado en uno de los bancos de material y lo miraba a través de un frondoso ligustre. Así pude observarlo hamacarse sin una detención, sin que él notara mi presencia, en soledad. Yo imaginaba en su rostro esa sonrisa que le conocía.
Era una tarde fresca de otoño. Podía escuchar el roce de las cadenas en el barral del pórtico con cada balanceo.
La oscuridad había avanzado tanto que apenas lo distinguía. Señal de que era tiempo de volver a casa y no preocupar a mi vieja.

One thought on “Últimas imágenes

  1. Cálidos recuerdos de nuestra infancia: lugares que aún recuerdo.¡Pensar que en la primaria íbamos como una gran excursión a esa plaza! Costumbres que se han modificado, en especial en la capital.

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